Telecomunicaciones, conectividad y psicología… La última frontera de la exploración planetaria.
Así como fueron necesarias brújulas, astrolabios y cuadrantes para cruzar los océanos en el siglo XV, los humanos del futuro deberán también usar el ingenio para resolver los problemas del espacio profundo.
El primer desafío es garantizar unas telecomunicaciones fiables. Actualmente, la comunicación con los rovers y satélites en Marte tiene, en el mejor de los casos, un retraso de seis minutos (la señal demora tres minutos en ir y otros tres en volver), por lo que la NASA y otras agencias están trabajando con inteligencia artificial para dotar a estos aparatos de autonomía. “La IA te permite salvar el retardo y los tiempos muertos de las misiones”, dice el Dr. Carlos González, del Departamento de Ingeniería Informática USACH.
Otro tema que se ha discutido es la conectividad a internet. “Cuando uno quiere conectarse con Marte, la EEI, la Luna u otros planetas, la red es intermitente. Entonces hay que hacer una red de internet interplanetaria tolerante a los retardos y disrupciones. En eso estamos trabajando ahora”, agrega.
Para salvar las enormes distancias en el espacio, es necesario atender al problema de la ingeniería de propulsión. Las sondas Voyager, por ejemplo, tardaron más de treinta años en salir del sistema solar y ninguno de los sistemas de propulsión actuales (química, nuclear y iónica) son eficientes para viajes a una escala humana razonable (con la tecnología actual, el viaje a Próxima Centauri tardaría 40 mil años), por lo que algunos ya piensan en alternativas, como usar el viento solar como un propulsor.
Y finalmente, llegamos a los problemas propios de la biología y el comportamiento en misiones de larga duración. Experimentos realizados aquí en la Tierra han mostrado que los humanos en confinamientos prolongados muestran trastornos del sueño y una caída de la actividad física producto del bajón físico y emocional. Hace algunos años, un experimento de aislamiento en Rusia reveló síntomas de desesperanza e irritabilidad en sus participantes, sobre todo al advertir que el horizonte de término de la misión estaba demasiado lejos.
En la famosa trilogía marciana, el escritor Kim Stanley Robinson dedica varias páginas a este asunto, donde la falta de espacios personales y la sensación de sentirse “observados” y como “ratas de experimento” es un tema recurrente en sus protagonistas.
Entre 2015 y 2016, el astronauta Scott Kelly permaneció 340 días en la EEI con el objetivo de descubrir los efectos biológicos, psíquicos y físicos en misiones de larga duración. En sus memorias, documentadas en el libro “Resistencia“, Kelly reveló afectaciones a la visión producto de los rayos cósmicos, pérdida de masa ósea y disminución de su lucidez mental, entre otros. También documentó su experiencia psíquica, manifestada a través de sus sueños: “He soñado que he estado en la Tierra. Flotaba a un metro del suelo, para ser exacto, volando sobre Nueva York (…) Nadie parecía fijarse en mí”.