Por segunda vez en menos de cien años, seres del planeta Tierra lanzan cohetes y sondas para conquistar el universo. ¿Cuál es el propósito de toda esta aventura?
Por Rodrigo López, periodista USACH
John Boone es el protagonista de la famosa trilogía marciana de Kim Stanley Robinson. En la obra de su creador, Boone fue el primer ser humano en pisar la superficie del planeta Marte… en el año 2026.
Es evidente que la imaginación y la ficción avanzan mucho más rápido que la realidad. Y así como van las cosas, pasará algún tiempo más antes de que se concrete la visión del escritor estadounidense.
Situados en el borde de la inmensa rada del universo, nuestra civilización aún debe quitar algunas piedras en su camino hacia las estrellas: aunque hemos enviado seres humanos a la Luna y sondas a los confines del sistema solar, nuestra tecnología sigue siendo demasiado primitiva para los viajes de larga distancia. Y nuestra biología, habituada a vivir a un g de gravedad, se desajusta por completo en ausencia de ella.
En esta nueva carrera espacial, más frenética y competitiva que la anterior, los seres humanos nos hemos propuesto resolver estos y otros problemas técnicos. Elon Musk es el rostro más famoso, polémico y ambicioso de esta carrera, pero lo cierto es que él es solo uno más entre los miles de emprendedores espaciales en la actualidad. Las corporaciones dedicadas al negocio del espacio se cuentan por montones, desde aquellas que construyen satélites hasta agencias de turismo que acarrean humanos a experimentar la microgravedad por placer.
Nuestro planeta ya tiene su infraestructura montada, con varios puertos espaciales que despachan cargas a la órbita tal como los puertos marítimos despachan contenedores al mar. Y mientras esperamos el bus o compartimos un café con amigos, al menos cinco seres humanos viven sus vidas en ingravidez.
Todo este esfuerzo científico, tecnológico y humano va encaminado a allanar el camino para las futuras misiones espaciales rumbo a la Luna, Marte y quién sabe dónde más. Pero, además de la tecnología, falta resolver los aspectos más conflictivos de la naturaleza humana, la cual, siempre gobernada por instintos primarios, aún no encuentra su equilibrio entre competencia y fraternidad… ¿Cuál es el propósito de toda esta aventura?
Con los pies en la Tierra
La primera imagen de la Tierra desde el espacio se obtuvo en 1946. Once años después, los soviéticos lanzaron su primer satélite artificial. El hombre llegó a la Luna a finales de la década del sesenta y acopló los primeros módulos de la Estación Espacial Internacional (EEI) en 1998. Todas estas aventuras, todas, comienzan acá abajo, con un puerto espacial.
Actualmente hay 28 puertos espaciales en el mundo, repartidos en países como Estados Unidos, Rusia, Kazajstán, Israel, India, Japón y Nueva Zelanda, entre varios otros lugares. Estos operan como plataformas de lanzamiento para la puesta en órbita de satélites, suministros y astronautas y su ubicación geográfica responde a un delicado equilibrio entre geografía y física planetaria. De todos ellos, el único ubicado en Sudamérica es el puerto espacial de Kourou, en la Guyana Francesa.
Los lanzamientos al espacio ya son rutina, con más de 250 por año, todos ejecutados por cohetes como el Falcon 9 (SpaceX), Vulcan Centaur (ULA), Ariane 6 (ESA), Larga Marcha (China) y Soyuz (Rusia), aptos para romper la gravedad y llegar a la órbita baja de la Tierra.
Para destinos lejanos, digamos la Luna o Marte, se requieren cohetes de mayor tonelaje y mayor poder de propulsión, como el conocido Starship (SpaceX, famoso por retornar con éxito un propulsor en 2024), SLS (NASA, aquel que llevó a los cuatro astronautas a la Luna en febrero pasado) y Falcon Heavy (SpaceX), todos actualmente en diversos estados de prueba.
Para vencer la gravedad terrestre se necesitan combustibles con un enorme poder, y la principal tecnología para salir de la Tierra es la propulsión química, donde la combinación de oxígeno e hidrógeno genera un empuje equivalente a 14 aviones comerciales.
A diferencia de un avión, donde el motor es alimentado por el aire de la atmósfera, en un cohete el oxígeno debe ser llevado a bordo, lo cual aumenta la masa total del vehículo espacial y por ende, el peso de la nave.
A flotar por el vecindario
Tras salir de la Tierra, la primera parada de nuestro viaje es la órbita baja (Low Earth Orbit en inglés, o simplemente LEO), entre los 200 y 2.000 km sobre nuestras cabezas.
Es la zona del espacio más cercana a nuestro planeta y también la más demandada del espacio. Tanto, que el periodista y analista australiano Tim Marshall sentenció que “la órbita baja de la Tierra es un bien raíz muy atractivo”, ya que es el lugar perfecto para instalar satélites de monitoreo (erupciones volcánicas, terremotos, incendios, contaminación)… y espionaje.
El Dr. Carlos González es académico del Departamento de Ingeniería Informática USACH y sentencia que “nuestra vida depende de la tecnología espacial, pero no nos damos cuenta. Usamos el GPS, nos conectamos con los satélites de comunicaciones, dependemos del reporte del tiempo, gran parte de la infraestructura moderna depende de la tecnología satelital”.
En la órbita baja de la Tierra operan miles de satélites (entre ocho mil y 22 mil, según la fuente), de todos los tamaños y formas, lo que demuestra que es una zona altamente congestionada. La famosa internet satelital de Starlink, por ejemplo, opera aquí, así como aparatos militares, meteorológicos y de comunicaciones.
“El espacio ultraterrestre [espacio exterior en jerga común] se volvió cada vez más congestionado, contaminado y competitivo”, dice Victoria Valdivia, del IDEA-USACH, en un documento de trabajo que habla sobre la basura espacial.
Dada su cercanía a la Tierra, la órbita baja es un lugar ideal para hacer ciencia, para poner a prueba tanto las capacidades humanas y para testear nuevas tecnologías. Es aquí donde operan la Estación Espacial Internacional (EEI, hogar de los famosos astronautas varados), la estación espacial china Tiangong (Palacio Celestial) y el telescopio espacial Hubble, los principales centros orbitales de investigación.
Uno de los tantos humanos con experimentos en órbita es la microbióloga Dra. Jenny Blamey Alegría, académica de la Facultad de Química y Biología USACH, quien, a mediados de este año, enviará microorganismos extremófilos a la EEI en el marco de la misión Polaris de la NASA. “La idea es analizar el comportamiento de estos microorganismos en microgravedad”, dice la Dra. Blamey en nuestra entrevista central.
Para quienes viven en órbita, el sol aparece y se esconde dieciséis veces en un solo día y el bucle interminable de luz y penumbra desafía tanto el temple como la percepción de la realidad. En el espacio, los astronautas no solo conducen experimentos científicos, sino que también son ellos mismos el experimento, tal como describe el astronauta Scott Kelly en su libro “Resistencia. Un año en el espacio”.
Más arriba de la órbita baja, entre los 1.000 y 12 mil km de altura, encontramos los cinturones de Van Allen, zona cercana a la Tierra cargada con partículas de alta energía. “Desde que se descubrieron en las décadas de los años cincuenta o sesenta, se sabe que pueden dañar satélites o GPS”, explica el Dr. Víctor Pinto, académico USACH que se encuentra estudiando esta zona del espacio. “Entender estos flujos de electrones es fundamental para mitigar los daños a la tecnología”, agrega.
A esto debemos añadir las investigaciones de la Dra. Marina Stepanova y el Dr. Pinto en el campo de la meteorología espacial, tema muy desarrollado en Estados Unidos a través de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA, agencia que provee partes de meteorología espacial para diversas misiones), pero de incipiente desarrollo en nuestro país.
Entre los 2.000 y 35.786 km de altura encontramos las órbitas media (Medium Earth Orbit, MEO) y geoestacionaria (Geostationary Earth Orbit, GEO), zona donde operan, principalmente, los satélites de posicionamiento global GNSS (GPS, Galileo, GLONASS y BeiDou).
Más lejos, a casi 400 mil kilómetros de distancia, encontramos a la Luna, lugar especial en nuestros afectos porque ha sido el único cuerpo celeste que ha recibido la visita de los terrícolas. A enero de 2026, solo cinco naciones han podido alunizar con éxito en su superficie (Unión Soviética, Estados Unidos, China, India y Japón).
Actualmente, la Luna es el punto focal de la misión Artemis (NASA), la cual completó la primera órbita tripulada a nuestro satélite natural en 54 años.
La Luna tiene dos argumentos que la hacen un lugar atractivo para la exploración espacial: dispone de interesantes recursos naturales (aluminio, calcio, silicio, hierro, magnesio y tierras raras, hielo de agua y helio-3, un isótopo de helio que puede servir como combustible), además de contar con una baja gravedad (un sexto de la gravedad terrestre), lo que no solo disminuye considerablemente los costos de lanzamiento, sino que la convierte en un sitio ideal para instalar plataformas de lanzamiento para misiones rumbo a Marte y otros lugares del sistema solar.
Lejos de la Tierra pero dentro del vecindario, encontramos los puntos de Lagrange, zonas del espacio exterior donde el tirón gravitacional entre dos cuerpos celestes es lo suficientemente estable como para ser utilizado como “estacionamiento espacial”. El telescopio espacial James Webb (NASA y las agencias espaciales europea y canadiense), opera en uno de ellos (el punto Lagrange L2), a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra.
Finalmente, a una distancia mínima de 54 millones de kilómetros, encontramos Marte, la joya de la corona. Es el planeta más estudiado aparte de la Tierra y la puerta de entrada hacia aventuras de largo aliento.
Desde 1964, año del primer sobrevuelo de la sonda Mariner (Estados Unidos), nuestra civilización suma 50 misiones al planeta rojo, las cuales han detectado una rica actividad geológica, una docena de moléculas orgánicas de interés y antiguos indicios de agua líquida escurriendo en su superficie. Ahora mismo, Marte cuenta con diez misiones en operación, entre rovers sobre el terreno y satélites de observación en su órbita.
A mediano plazo, las dos misiones más importantes en el planeta rojo serán Mars Sample Return (MSR, que busca traer a la Tierra kilos de muestras de roca marciana) y el proyecto de Elon Musk, sin nombre aún, para llevar humanos en su nave Starship.
Además de Marte, otros lugares interesantes para la exploración espacial en nuestras inmediaciones son las lunas Encélado y Europa (ideales en la búsqueda de vida extraterrestre), el Sol y el planeta Mercurio.
Y hasta aquí todo lo que nos permite nuestra tecnología. Desde el punto de vista de la ingeniería, y fuera del plan de Elon Musk de enviar humanos a Marte, los viajes interplanetarios tripulados están lejos de nuestras posibilidades. Antes, debemos resolver el problema de los plasmas magnetizados (los cuales pueden rostizar los equipos electrónicos y nuestra biología), el asunto de las telecomunicaciones en el espacio profundo y la compleja cuestión de la psicología de los humanos en confinamientos de larga duración.
En búsqueda del propósito
Esta nueva carrera espacial es una aventura científica y tecnológica, pero es también una experiencia humana. Cada nuevo descubrimiento, cada nuevo avance técnico es un paso adelante en nuestro camino hacia las estrellas, pero es también una oportunidad para reflexionar sobre lo que somos y lo que queremos conseguir como especie.
Una de las principales críticas a esta nueva carrera espacial, expresada por nuestros académicos, es que ella se está desarrollando en medio de problemas no resueltos en nuestro planeta, como el cambio climático, la fragmentación política o la pregunta por el bienestar general de la Humanidad. En este sentido, esta nueva carrera espacial adolece de los mismos problemas de la carrera espacial de la guerra fría, donde cada actor vela por sus propias agendas e intereses, y donde la pregunta por el propósito sigue pendiente.
La diferencia crucial de esta nueva carrera es la variedad de actores involucrados, desde los poderes más elevados de nuestra civilización, como Estados Unidos o China, hasta países en desarrollo, como Chile, Bolivia, Marruecos o Nigeria, los cuales también quieren un pedazo de la torta.
A ellos debemos sumar la presencia de un conjunto de empresarios (Elon Musk, Jeff Bezos, Richard Branson, Peter Beck, Jared Isaacman, Eren Ozmen, Tim Ellis, Dylan Taylor), todos quienes son capaces de financiar aventuras espaciales con sus propios recursos.
En sus novelas, Kim Stanley Robinson nos demuestra que los problemas humanos nos persiguen donde quiera que vayamos. Sus protagonistas se esfuerzan durante toda la saga para transformar Marte en una nueva Tierra y utilizan todo su ciencia e ingeniería para lograrlo, solo para advertir, al final, que no se habían puesto de acuerdo en una cuestión fundamental: ¿Qué tan virgen queremos mantener este planeta?
La pregunta sobre el propósito sigue pendiente en esta nueva carrera espacial. Por el momento, el primer objetivo de la humanidad es llegar a la Luna para lanzar, desde ahí, una misión a Marte. La Dra. Jessica Pujol, académica del Departamento de Lingüística y Literatura, lo plantea de la siguiente manera: “¿Llegar a la Luna? Vale, pero ¿para qué? Hagámoslo de forma sustentable, hagámoslo de forma que todos nos beneficiemos“, dice.
A lo largo de su historia, la civilización humana ha aprendido que no es el centro del universo y que nuestro planeta es uno más entre millones, orbitando una estrella cualquiera, en la periferia de una galaxia cualquiera. Cada nuevo descubrimiento va modelando la percepción que tenemos sobre nosotros mismos y esta carrera espacial debería ser una lección de humildad sobre el lugar que ocupamos en el Cosmos.